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Sobre las fotos y videos

“Lo esencial es invisible a los ojos”. Antoine de Saint-Exúpery, El Principito.

Siendo este un portal de viajes, muchos visitantes podrían pensar “pero qué pocas fotos… ¡apenas tiene!”. Es cierto que esto no es una galería audiovisual, pero todas las entradas tienen por lo menos una muestra gráfica, y en muchas ocasiones videos. Pero… ¿por qué no más? ¿Por qué no hacer como esos portales turísticos que tienen dos líneas de texto, diez enlaces a hoteles de precios elevados, y quinientas mil fotos? Tengo una teoría muy particular respecto a las fotos, y en parte no es mía.

Un amigo de mi infancia en Argentina, una vez visitó Europa, donde viajó por unos cuantos meses. A mí me sorprendió que no llevara cámara de fotos consigo. Supuse que pensaba comprar una descartable, pero no. Mi amigo, Ismael, sostenía que no quería llevar cámara consigo porque no quería perderse ningún momento por sacar fotos. Porque los viajes, y la vida, consisten en momentos que se viven. A veces nos obsesionamos con “llevarnos” un recuerdo, en lugar de vivirlo. Estuve frente al Glaciar Perito210107_fotos.jpg Moreno, en la Patagonia argentina, mirándolo durante más de una hora, ensimismado. A mi alrededor, otros visitantes se volvían locos intentando captar con sus cámaras el momento en que algún inmenso bloque de hielo se desprendiera y cayera al agua. Yo no. No saqué mi cámara hasta el último momento. Entonces tomé un par de fotos y pedí a otro turista que me tomara una, la de rigor. Pero mi obsesión fue disfrutar del momento al máximo. Todavía hoy recuerdo el lugar y cada detalle, sin recurrir a las pocas fotos que tomé. Los lugares se fijan muy bien en papel o en CD: los momentos hay que esforzarse para que queden grabados por siempre en nuestra memoria.

Con esto no quiero decir que no haya que usar cámara, yo la uso bastante, he tomado miles de fotos en mis viajes, y de algunas estoy muy feliz y orgulloso. Pero siempre antepongo el momento vivido al instante captado. Vive el momento antes de captar el instante. Por otro lado, y esta segunda teoría sí es totalmente mía (aunque seguro que no soy el único que piensa así), no me gusta ver fotos de los lugares que voy a visitar. Hago todo lo posible por no hacerlo, si están expuestas en la calle -algo habitual en lugares turísticos- agacho la cabeza. Antes de elegir un destino, hablo con las personas que ya han ido (y cuyos gustos parezcan ser respetables), les pregunto si merece la pena o no, y si hacen amago de sacar su cámara digital para mostrarme las fotos que tomaron en ese paraíso, les cortó con una sonrisa y un amable pero firme “No, gracias. Te creo, no necesito ver fotos del lugar. Iré”. Lo mismo hago con agencias de viajes. Más de una vez, cuando van a sacar su cuaderno de instantáneas, para decirme “verás este paisaje, entrarás en esta cueva, te bañarás en este lago”, los detengo y les digo lo mismo: “Si me aseguras que el lugar es hermoso, no necesito ver las fotos. Te creo. Prefiero que mis ojos lo descubran en directo, y no en papel”.

Algunos pensarán que estoy loco, pero este sistema me ha deparado experiencias inolvidables. Visitar el inmenso salto Fumaça, en la Chapada Diamantina de Brasil, o la Ciudad Perdida de los Tayrona en Colombia, o la Laguna de los Cóndores en el norte de Perú, la cima de Roraima en Venezuela, y hacerlo sin ninguna idea preconcebida, sin ninguna espectativa gráfica, simplemente confiando en que algo maravilloso me espera allí, multiplicó el efecto deslumbrante de mis vistas a esos y tantos otros lugares. Sé que hay quienes simplemente no pueden evitarlo, es casi algo físico: necesitan ver mil y unas fotos del lugar al que están decidiendo si ir o no, para convercerse de que merece la pena.

Mi experiencia personal me dice que para vivir y aprender, hay que descubrir las cosas por uno mismo. Por eso, en Guiadeltrotamundos, encontrarás más momentos vividos que instantes captados.

Category: Consejos, General  2 Comments

Cuando te encuentras con el Mundo Perdido (y II)

Ayer les contaba lo mucho que merece la pena una visita a Roraima, tepui de aspecto extraterrestre situado en la triple frontera entre Venezuela, Brasil y Guyana. Les prometí que hoy les contaría cómo se llega hasta ese mágico lugar (¿no esperarían que a un Mundo Perdido se fuera a llegar en bus o tren, verdad?) y aquí estoy, para cumplir mi promesa. Si bien como les digo esta maravilla natural comparte (o es compartida) por tres países distintos, la opción es hacerlo desde Venezuela. Santa Elena del Uairén, casi en esa misma triple frontera, tiene todo lo necesario: alojamientos, restaurantes y maneras de organziar la caminata. Técnicamente200107_roraima.jpg está prohibido hacer la excursión por cuenta propia, y hay muy buenas razones para que sea así: desde las ecológicas hasta las de seguridad. Tendrás que rascarte algo el bolsillo para esta aventura (¿no esperarías que visitar un Mundo Perdido iba a salirte barato, verdad?)

La caminata o paseo dura mínimo seis días (aunque hay opción de ir en helicóptero, esto es una página para mochileros, no pienso perder ni mi tiempo ni el de ustedes hablando de tarifas inalcazables), seis días de casi continua marcha: tres días para ir, uno para pasear por la cima, dos para volver. La extensión de la visita es la que hace que cuando nos dicen el precio por primera vez nos asustemos: pero si pensamos que son seis días con guías, comida, transporte terrestre, alojamiento y porteadores, todo incluido, nos daremos cuenta que el precio -que suele superar tranquilamente los 180-200 euros por persona, por los seis días- no es para nada algo excesivo. En Internet verás precios mucho más deprimentes que éste: hay que saber negociar, y para negociar se necesita tiempo. A veces reculamos ante precios así, pero si nos lo planteamos lógica y positivamente, 180 euros es lo mismo que ir diez veces al cine (con palomitas y un refresco). Y aquí, en lugar de ser espectadores de una aventura de dos horas, somos los protagonistas de una aventura de casi una semana. ¿A que 180 euros ahora ya no parecen tanto?

Santa Elena tiene mil agencias de turismo que organizan la ascensión. Los precios son negociables de mil y una maneras (si tienes o no tienda de campaña propia, si llevarás tu comida o la llevarán los porteadores, si son muchos turistas o pocos, etc.) Recomiendo juntarse con otras personas que quieran hacer la excursión también, porque se negocia mejor con las agencias que organizan las caminatas: más personas, más barato. Recomendar agencias es algo que no suelo hacer, pero cuando visité Roraima, lo hice con un grupo de indígenas pemones, que estaban intentando organizarse como agencia ellos mismos. Lo normal es que un rico caraqueño ponga el dinero para establecer la compañía, y que los habitantes del lugar hagan el verdadero trabajo: cargar, guiar, pasar una semana lejos de su familia, etc. No necesito aclararles además quién obtiene el mayor beneficio del negocio, ¿verdad? No sé si Balbina, Tomás, Jesús y olvidé el cuarto nombre habrán conseguido organizarse como entidad propia o no, pero de todos modos de corazón yo te los recomiendo, hayan podido independizarse o no, su trabajo y esfuerzo fue impecable. Puedes ponerte en contacto con ellos en este correo electrónico, de Balbina: merumerupachi@yahoo.es. Y los saludas de mi parte.

La caminata es algo dura, no vamos a engañarnos. Aunque son generalmente no más de cuatro o cinco horas al día, hay que tener una cierta forma física. ¡No es para asustarse, pero seis días caminando con mochila no es una excursión a La Pedriza! Algunos, para ahorrar costos, se llevan su propia comida: y comida para seis días es mucho peso en la espalda. Mi humilde opinión es que por empeñarnos en ahorrar pelas, acabamos sufriendo más de lo necesario y por treinta euros terminaremos resoplando, agotados y de mal humor. Algo especialmente triste puesto que el camino es interesante, con los guías explicándote sobre la fauna y leyendas locales, cruzando ríos aferrados a una cuerda que une sus orillas, admirando el paisaje, y el tercer día, el de la ascención de lo alto del tepui, toda una experiencia que hará que tu corazón se acelere con la misma intensidad que se agotan tus piernas. Pero merece la pena: arriba del todo, te espera otro planeta. ¿No esperarías que subir hasta el Mundo Perdido iba a ser fácil, verdad? Pero allí estás, y ahora sólo queda lo más fácil: disfrutarlo.

http://es.wikipedia.org/wiki/Roraima_%28tepuy%29 Casi toda la información sobre Roraima la proveen agencias turísticas. Sólo Wikipedia parece dar un poco de información sin mediar el vil metal de por medio.

Aunque la página de la alcaldía (alcaldía en Venezuela no es el tipo de división administrativa del mismo nombre que hay en España) de La Gran Sabana, cuya capital es Santa Elena del Uairén, no tiene mucha información, lo cierto es que su escudo lo dice todo sobre el área. Una imagen vale más que mi palabras.

Ya saben lo que opino de fotos y videos, pero como persona tolerante y comprensiva que soy, siempre les doy una opción. La siguiente, a pesar de la reprochable selección musical y su espíritu inequívocamente guiri, es una buena muestra audiovisual de lo que te encuentras en el camino y la cima.

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Preguntas Muy (o bastante) Frecuentes

-¿Por qué debería yo visitar Roraima?
Por sus paisajes extrasiderales. Por su geología milmillonaria. Por su endemismo (que no es lo mismo que endemia, esto es endemismo) floral y de fauna. Por la aventura del camino. Por la cultura local. Por el vértigo de las vistas panorámicas y acantiladas. Por la ilusiónde toparte con un dinosaurio en cualquier momento. “Ilusión” dije, tampoco te pases. Y porque pocos -Lázaro entre otros- tienen la oportunidad de ir a otro mundo, volver y contarlo.

-¿Cómo se llega hasta Santa Elena?
Mayormente en bus, aunque hay algunas líneas avionetiles habilitadas. Desde Brasil Boavista es la ciudad con cierta entidad más cercana. Santa Elena tiene un inequívoco sabor brasilero por tratarse de una localidad fronteriza. la gasolina en Venezuela es tan escandalosamente barata -30 litros por un mísero euro- que no es raro ver coches brasileros llenando su tanques (y poco menos que hasta sus maleteros) en Santa Elena. Dentro de Venezuela, hay buses desde Ciudad Bolívar y desde Caracas, entre otras. Desde Caracas en viaje es bien largo: unas veinte horas para los 1.400 km que las separan no es exagerado. Afortunadamente “en medio” del camino hay otras opciones, el Salto Ángel por ejemplo, que se visita desde Ciudad Bolívar, ciudad que tiene un par de curiosidades que merece la pena ver, como la represa Gurí, la segunda más grande de Sudamérica.

-¿No puedo ir por mi cuenta?
Bueno, no sé hasta qué punto hay una prohibición activa (que yo sepa la hay, pero no sé cuánto de efectiva tiene). Los motivos son varios y yo siempre pido un poco de respeto a estas regulaciones. Roraima es un lugar único y extremadamente sensible: durante millones de años el hombre no ha llegado a sus cumbres (los indígeneas locales los evitaron hasta el siglo XX por ser la morada de los espíritus de sus antepasados). La cima del tepui es tan exageradamente sensible, que los tours organizados están preparados para llevar de regreso todo tipo de residuos sólidos (sí, esos residuos en los que piensas también). Siendo sinceros, la gente que viaja por su cuenta no tendrá estas consideraciones. Y un recuerdo por aquí que dejó uno y otro que dejó por allá la otra pueden no sólo arruinar el paisaje, si no además afectar gravemente el equilibrio ecológico. Hablitando el turismo sin control, además, facilitamos esa estúpida manía de llevarse “recuerditos”, en Roraima por ejemplo cristales de cuarzo, que abundan pero no se reproducen por esporas. Como siempre: llévate todo lo que trajiste, y no te lleves nada que encuentres. Por otro lado, la cima del tepui no es un sitio ni fácil ni seguro para recorrer. Es muy difícil desorientarse y hay suficientes cuevas, huecos y acantilados como para morirse varias veces en un sólo día. Además, no conociendo los lugares con detalle, te perderás las atracciones más escondidas y recónditas.

-¿Qué lugares son ésos?
El abismo, la cueva de los guácharos, el valle de los cristales y un largo etcétera. Hay una posibilidad para los que quieran pasar más de un día en la cima -obviamente pagando extra- de caminar hasta el hito de la triple frontera. No tiene nada de especial, pero puede resultar atractivo para los coleccionistas de fotos llamativas (En lugar de “y este soy yo junto a la Torre Eiffel”, poder decir “y este soy yo en el hito en mitad de la nada que divide a Brasil, Venzuela y Guyana al mismo tiempo”).

-¿Es cierto que es una zona de alta actividad OVNI?
Eso dicen. Yo no vi ninguno. Tampoco vi dinosaurios. Al que si vi fue a Elvis Prestley, subiendo con otro grupo de mochileros. Definitivamente esa fruta que probé de camino era alucinógena.

Cuando te encuentras con el Mundo Perdido (I)

Se cuenta que el famoso escritor escocés Sin Arthur Conan Doyle, que con su personaje Sherlock Holmes popularizó el género policíaco -creado por Edgar Allan Poe, que hoy cumple años por cierto- supo de este maravilloso lugar llamado Roraima por los reportes que llegaban al otro lado del charco, y en ellos halló190107_roraima.jpg inspiración para su conocida novela El Mundo Perdido. Dicha novela es una especie de antecesor -hablar de plagio sin pruebas es algo feo- del superventas moderno Parque Jurásico. La historia de Conan Doyle narra el descubrimiento de un lugar en la tierra olvidado y oculto (un mundo perdido con todas las letras), donde habitan dinosaurios y otras criaturas que se creían extinguidas, dentro de un paisaje también supuestamente extinto. Bueno, pues Roraima es así. Exactamente igual. Excepto por los dinosaurios.

Situado en la triple frontera entre Venezuela, Brasil y Guyana (¿qué tendrán las triples fronteras que esconden rincones tan bellos como las cataratas de Iguazú y Roraima?) una visita al lugar basta para darse cuenta que Conan Doyle no necesitaba mucha imaginación, visitando un lugar así. Toda el área, abarcando amplias zonas de los tres países, están salpicadas de una formaciones geológicas llamadas tepui (tepuy según nuestro querido diccionario). Como rememoran algunas leyendas indígenas, antiguamente los tepuis eran árboles gigantes, que los dioses, enojados, como siempre con un hombre -que como siempre había cometido alguna locura por alguna mujer- decidieron cortar. El aspecto del tepui es ése: el de un tronco cortado, cuyas raíces todavía se aferran a la tierra. Pero el paralelismo con el árbol talado es meramente en cuanto a la forma: en tamaño no hay comparación posible; hablamos de una monstruosa elevación de varios centenares de metros, con paredes casi perfectas, que a veces alcanzan el kilómetro de altura sobre su base (no sobre el nivel del mar). Ejemplo claro y llamativo es el del salto de agua más grande del mundo: el Salto Ángel, de casi 1.000 metros, cae desde lo alto de un tepui (Auyantepui) situado en otra zona no demasiado alejada -unos cientos de kilómetros- también en Venezuela. Pero me permito apuntarles que, aunque menos popular y conocido internacionalmente, el Roraimatepui le da sopas con honda al Auyantepui.

Las cimas de estas extraordinarias formaciones geológicas, son igual de espectaculares. Las formaciones rocosas, caprichosas, mágicas, las cuevas, las concentraciones de agua, la flora -absolutamente endémica en muchos casos- la escasa pero casi mitológica fauna (fundamentalmente aves, como los guácharos), las vistas y las caídas de vértigo cuando uno se asoma a las paredes que forman la frontera exterior de esos gigantes antediluvianos y majestuosos, son simplemente una pizca de por qué considero éste mi lugar favorito de toda Venezuela, país que destaca por su exhuberante belleza natural.

La manera de llegar a este planeta dentro de otro planeta no es fácil ni rápida. Pero alguien dijo alguna vez -y si no lo dijo nadie, lo digo yo- que la belleza fácil pierde el encanto de la conquista. Mañana les cuento cómo se hace (con Roraima; para otras bellezas el precio es distinto).

Regateo activo y pasivo

¿Qué sería del mochilero si no existiera el regateo? Son dos conceptos casi inseparables cuando uno recorre el mundo. Según la Real Academa Española (de la Lengua), rae para los amigos, regateo es:

1. m. Discusión del comprador y del vendedor sobre el precio de algo.

Si nos centramos en esta primera acepción, podemos concluir que estamos ante dos clases de regateo: el activo (cuando lo inicia el comprador) y el pasivo (cuando lo180107_regateo.jpg inicia el vendedor). Comencemos con el pasivo:

Al regateo pasivo lo llamo así porque no lo inicia el mochilero, si no el vendedor. Es algo muy curioso desde el punto de vista sociológico y cultural. En España, y en casi toda Europa, las cosas tienen precio. Uno va a una tienda, lo que llama nuestra atención tiene un cartelito, uno lo lee y, de estar interesado en el producto lo adquiere, o se aleja blasfemando, dependiendo de la cantidad y entidad de los números del cartelito. Sencillo, pero aburrido. Es a lo que nos han acostumbrado desde niños: las cosas tienen precio, y el precio es el que es.

Es por esta costumbre que muchas veces el mochilero se indigna cuando va a algunos países y entiende que le quieren cobrar “de más”. Nos indignamos si en un mercado callejero andino -por poner un ejemplo- intentan vendernos por dos pesitos lo que hace un minuto vimos que entregaban a un local por uno. ¿Tenemos motivos para indignarnos? Desde nuestro punto de vista, sí. En España estaría mal considerado que a un extranjero se le intente cobrar de más -aunque se hace- simplemente por ser extranjero: porque en España las cosas tienen precio. Dejando de lado consideraciones económicas profundas (como que creer que no hay regateo en las complejas transformaciones monetarias que van desde la materia prima hasta el cartelito en el estante de la tienda es ser muy ingenuo) uno tiene que aprender que cuando se viaja a otro lugar, tenemos que hacer un esfuerzo por darnos cuenta de que allí, nuestro punto de vista no es el que cuenta.

En infinidad de países, el precio de algo es un acuerdo entre lo que el comprador está dispuesto a pagar, y lo que el vendedor estima justo por entregarlo a cambio. Si lo piensan, es más lógico y equitativo. De hecho, el regateo no se hace sólo con los guiris: lo hacen entre ellos, continuamente. Ellos ven al cliente potencial, lo analizan y por su aspecto, calculan cuánto es lo que estará dispuesto a pagar. No piensen que me refiero exclusivamente a mercados callejeros: en muchos países todo tiene un precio regateable: transporte, alojamiento, restaurantes… El regateo es algo inherentemente cultural a muchos países, en casi toda Latinoamérica, Asia, África… se regatea. Si lo pensamos detenidamente, los “raros” somos los europeos. ¡En el resto del mundo -con excepción de países equiparables cultural y económicamente a Europa – se regatea! Así que, en lugar de ofendernos o sentirnos timados cuando vemos que nos intentan cobrar más de lo que consideramos es justo (sobre todo porque suele darse en países más pobres y ponerse de mal humor por diez céntimos de euro, pues hay que tener valor), aceptémosolo como las leyes de comercio locales, y donde fueres, haz lo que vieres. Porque si uno no acepta el regateo pasivo, no tiene derecho al regateo activo. El regateo activo es quel en el que nosotros tomamos la iniciativa. Y el regateo activo, bien ejecutado, puede alargar nuestro dinero -y el dinero es tiempo- de manera asombrosa.

Cuando uno se deja llevar por el regateo de modo natural, si aceptamos eso como lo que es (una cultura distinta, pero igual de respetable, y a la que nos tenemos que adaptar cuando estamos lejos de casa) el regateo puede ser un mundo de ventajas. ¡El regateo activo es casi un deporte! Puede ser una reacción elegante cuando alguien te quiera cobrar “de más”. En lugar de comportarte como una damisela victoriana y dar la espalda y marcharte ofendido, respondes de la misma manera: regateando. “¿Cómo que tres? Pero si eso cuesta dos”. Probablemente acabes pagando dos y medio. Cuando todo es negociable, y sabemos negociar, nuestra experiencia mochilera se puede nutrir de rebajas insospechadas. “Háganos descuento que somos varios”, “Hágame descuento que somos dos”, “Hágame descuento que estoy solo”, etc. Te sorprenderá que casi todos los precios pueden negociarse a la baja. Simplemente, cuando llegues a un nuevo país, observa a tu alrdededor y, si el regateo es aceptable, úsalo. ¡No te cortes! Eso sí, siempre con un límite, porque pasarse de miserable puede resultar ofensivo. ¿Qué pensarías tú si Bill Gates visitara tu país y pidiera descuento para todo? Ten en cuenta que para muchos países, un mochilero es comparativamente un millonario. Aunque tú te sientas como pobre trotamundos, puede resultar algo ofensivo que pidas descuentos inverosímiles para productos o actividades ya suficientemente baratos. En el equilibrio está la virtud.

Si sabes soportar y utilizar bien el regateo, no dudes que sacarás mucho provecho del mismo. Por activa y por pasiva.

Por último, y tras estos consejos de “todo a cien”, los dejo con 24 segundos que definen el regateo de manera edificante:

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Jokkmokk: vacaciones con todo el sol del mundo, o con ninguno

¡Cómo olvidarlo! Me encontraba yo estudiando en el sur de Suecia, se vino la Navidad encima y, sin saber qué hacer ante el éxodo de compañeros de estudios que vivió mi universidad, decidí irme lo más cerca del círculo polar ártico: lo más al sur que se puede estar cuando estás lo más al norte. Mi rápida consulta a un mapa me sirvió en bandeja la respuesta: ¡¡Jokkmokk era el lugar elegido!! ¿Tenía la más remota idea de qué había en esa área? No. ¿Sabía si merecía la pena? Tampoco. ¿Importaba? Definitivamente no. Con esa falta de sensatez es que te ahorro a ti, apreciado visitante, las dudas de si es un lugar al que apuntar en nuestra agenda de posibilidades. ¡Lo es!

En general, toda el área -popularmente conocida como Laponia- tiene los suficientes atractivos como para satisfacer la curiosidad del visitante: lagos, bosques, montañas, nieve, saunas, y aureoras polares. Los polos, además, tienen esa particularidad, al contrario que trópicos y ecuadores, que la zona es totalmente diferente cuando la visitamos en invierno, a cuando la visitamos en verano, primavera u otoño. Son tan abismales las diferencias entre cada estación, que casi se puede hablar no sólo de cuatro estaciones en un año, si no de cuatro paisajes en un sólo lugar. El invierno, blanco, helado y con todo el silencio que hay cuando la fauna se ha ido o duerme; la primavera, con vivos colores que renacen y la fauna que despierta o retorna; el verano, más caluroso de lo que imaginarías en principio, y con largas horas de sol; y finalmente170107_jokkmokk.jpg el otoño, con los colores poco a poco apagándose y dando paso nuevamente al invierno que completa el ciclo. ¡Cuatro hermosas caras de un mismo lugar!

Particularidad interesante son las horas de luz. Durante el invierno, las horas de luz no superan las cinco al día. Alrededor de las dos o tres de la tarde, habiendo amanecido a las nueve, ya es de noche. Además, de esas escasas horas con iluminación natural, ninguna incluye al sol: el astro rey nunca se asoma por encima del horizonte, y las horas de luz son las que tendríamos en un amanecer de cinco horas, que no acaba de completarse. ¡El sueño de todo poeta! Por contra, en verano, el sol está presente durante las 24 horas del día. ¡La pesadilla de todo vampiro! Los dueños del hostal donde me alojé me comentaban cómo esto supone una gran confusión para los niños pequeños, que al contrario que en otras latitudes más centrales, no tienen la puesta ni la salida del sol como referente válido para ir a la cama o levantarse de la misma. Esa indeterminación afecta también a los adultos, como es mi caso, que a las cuatro de la tarde -fui en diciembre- ya no sabía qué hacer con el inexplicable sueño que me embargaba. Por suerte la sauna y el Bingolotto, el programa más decadente de la TV sueca (en mi opinión responsable en gran medida de las depresiones y suicidios del país), me rescataron de los brazos de Morfeo en más de una ocasión.

Varios kilómteros al sur -se puede ir caminando inclusive en invierno- está la famosa latitud 66° 33′39″N, que marqué chapuceramente en rojo con Photoshop (arriba). ¿Cómo que no conocías esa latitud? Es casi tan famosa como la 0° 00′00″(el Ecuador). Bueno, quizá menos. Está bien, está bien, la acabo de mirar en Internet, ni sabía que era ésa. En este caso hablamos del círculo polar ártico, que en Jokkmokk está señalado con un práctico cartel. Una visita imperdible para los coleccionistas de fotos para fardar y los geólogos. Los paseos por los bosques, la flora, la fauna, el frío, el no-frío en verano (si dijera ‘calor’ no me creerían… y con razón) los lagos congelados, descongelados, a medio congelar o a medio descongelar, harán de tu visita a Jokkmokk algo tan memorable como su nombre. ¿Te lo vas a perder?

www.turism.jokkmokk.se Todo lo que siempre quisiste (sí, siempre, no disimules) saber sobre Jokkmokk y nunca te atreviste a preguntar, está en la oficina de turismo local, el Jokkmokk Turistbyrå. En inglés, alemán y el de sobra conocido por nuestros lectores sueco.

La información sobre Jokkmokk en castellano abunda tanto en Internet como el buen gusto y la composición en los discos de RBD. ¡Ni siquiera wikipedia le dedica artículos en español! Cuestión de tiempo, todo llegará.

Preguntas Muy (o bastante) Frecuentes

-¿Por qué debería yo visitar Jokkmokk?
Por su naturaleza deslumbrante. Porque hay mucho sol, o ninguno. Por sus lagos. Porque nieva. Porque no nieva. Porque los lagos están congelados. Porque no lo están. Porque puedes ir cuatro veces en un mismo año y siempre será como visitar un lugar nuevo.

-¿Cómo hiciste con el frío?
Ya lo dije en una entrada anterior y nadie quiso creerme: el frío es psicológico. Eso lo aprendí aquí, en Jokkmokk. Llegué al lugar con tanto miedo de morir congelado, que cuando me bajé del tren -tras veinticuatro horas en el mismo- puse un pie en la nieve y lo primero que me dije fue “¿Esto es frío? ¡Pues vaya!”. La temperatura era de unos diez grados bajo cero, pero yo venía tan aco…acomplejado, tan preparado física y mentalemente a pasar el mayor frío de toda mi vida, que no me supuso ningún problema: pura psicología. El que no haya viento, además, ayuda. De todo lo que recuerdo de Jokkmokk, probablemente el frío sea lo que menos.

-¿Qué es lo que más recuerdas entonces?
Si me sigues haciendo preguntas así, va a parecer que están pactadas. De todos modos, buena pregunta. Contesto sin dudar: el silencio. En mitad del invierno, caminando por los bosques nevados, no se escuchaba absolutamente nada. El silencio era tal, que los oídos casi sentías que te pitaban, por presión insuficiente. También recuerdo con especial cariño el recibir el año 2000 sobre la superficie de un lago congelado, y los otros turistas de mi hostal (muy acogedor por cierto, con sauna y todo), que me hicieron sentir que no era el único loco que había ido a parar allí a pasar sus fiestas navideñas.

-¿Cómo se llega a Jokkmokk?
Yo fui en tren y bus combinados desde el lejanísimo sur, Karlskrona. Si estás en Estocolmo, al que se llega fácil y barato por avión, te ahorrarás parte del trayecto que tuve que hacer yo. De acuerdo con la página de turismo del lugar, las posibilidades de llegar son varias: avión, tren, bus… dependiendo de la estación climática. Si dispones de vehículo propio, es lo ideal para visitar parques nacionales del área. De todos modos, si no tienes esa facilidad de transporte, la visita merece la pena igualmente.

-¿No será que fuiste a este lugar porque te gustó cómo suena el nombre?
Ya dije que a Jokkmokk fui de chiripa, pero acerté de pleno. El lugar es espectacular, y si tiene alojamiento de la red de hostales juveniles, será por algo. De habrese tratado de ir a un lugar con nombres sonoros, en el norte de Suecia habría ido a Korpilombolo.