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Carnaval en Río de Janeiro

Leyendas turísticas las hay de todos los gustos y colores. Desde recomendaciones de beber sólo refrescos enlatados, y nada de comida fría ni callejera, ni mucho menos fría y callejera a la vez, pasando por misteriosas lagunas asesinas (porque una vez se ahogó un borracho y otra un tipo que no sabía nadar) hasta líneas de buses en las que secuestran a los pasajeros todas las noches. Pero de entre todas las leyendas turísticas habidas y por haber, mi favorita es la siguiente: el Carnaval en Río de Janeiro es demasiado caro. Les contaré mi experiencia de hace ahora exactamente dos años…

Siempre tuve una cierta aversión al Carnaval carioca: me parecía que era el “Circo” de la famosa expresión “Pan y Circo”, pero que en este caso el “Circo” era tan “Circo” que no necesitaba ni “Pan”. Esto es: un país pobre y lleno de problemas por solucionar, pero que como tiene Carnaval una vez al año, se concentra en él para olvidar todo. Vamos, que por qué preocuparse del hambre y las favelas teniendo el Carnaval y siendo pentacampeones mundiales de fútbol. Total, que no iba muy predispuesto. ¡Pero la gente se equivoca mucho, y yo también! Aunque el análisis anterior lo sigo manteniendo, cuando uno se encuentra de frente con una escuela de samba en pleno carnaval en Río, no puede dejar de admitir que se halla ante uno de los eventos más espectaculares diseñados por el hombre.

Antes de ir al Sambódromo como Dios manda, es decir entrando al mismo (es un recinto semicerrado), tuve la oportunidad de conocer un desfile desde el comienzo, antes de que entren en el pasadizo en busca del éxito y el reconocimiento. Pude ver los ensayos, los nervios, la repetición de las coreografías, la grúa que sube a las reinas a lo alto de las carrozas como si fueran una vulgar tonelada de ladrillos… muchos de los entresijos del momento inmediatamente anterior al estreno. Y no puede dejar de conmover la170207_carnaval1.jpg absoluta entrega e ilusión que ponen los cientos (lo de cientos no es una figura literaria) de personas que integran cada Escuela do Samba, todos dando lo mejor de sí mismos después de meses de esperar y diseñar este momento. Me dio por pensar que si los ciento ochenta millones de personas que pueblan este país pusieran las mismas ganas y esfuerzo en acabar con sus problemas que las que ponen en su carnaval, Brasil sería el país más rico y desarrollado del mundo. Llovía a cántaros y yo estaba oteando todo esto desde arriba de un puente con unos cuantos brasileros míseros como yo. Pero disfruté más ese par de horas que el día siguiente, cuando entré al propio Sambódromo a ver el espectáculo como un turista cualquiera. Gracias a la lluvia, que empapaba mi cara, puedo afirmar que mi masculinidad no estuvo en duda, porque aunque me emocioné mucho, no pasé del nudo en la garganta, y lo que mojaba mi cara no eran lágrimas de emoción: era lluvia.

El Carnaval en Río tiene fama de caro, y todo el mundo tiene la idea de que entrar al Sambódromo es cosa de millonarios. Si les digo los precios de taquilla no me van a creer; yo tampoco lo creí cuando unos vendedores de artesanías dijeron lo que habían pagado. El presupuesto millonario para entrar al Sambódromo, justo frente al jurado, en el segundo día más importante del Carnaval asciende a… ¡cuatro dólares! Y si uno no pudo comprar en taquilla y tiene que ir a la reventa, le saldrá… ¡quince dólares! El espectáculo humano más grande que puede verse en el mundo, por lo que cuesta ir una vez y media al cine.

Eso sí: el espectáculo del Sambódromo es espectáculo por dos horas: después es tortura. Dura como doce horas y cada Escuela de Samba tarda entre una y una hora y media en completar el recorrido, y en todo ese tiempo entonan ¡una única canción! Como lo leen, una canción cuya estructura en total no llega ni a palos a los cinco minutos es repetida durante más de sesenta. Es lógico que uno se la pase tarareando la semana siguiente. Y las carrozas, vestuario y decoración que durante la primera hora te hacen lanzar todo tipo de exclamaciones de asombro y admiración acaban pareciéndote más de lo mismo cuando llevas dos horas al pie del cañón. Sin olvidar, claro está, a las reinas que bailan samba como posesas. De ésas uno no se cansa. Era fascinante ver su movimiento de piernas, rápido y frenético, imposible de imitar y casi de concebir. Yo llevaría a una de esas chicas a la Facultad de Física para que los estudiantes, además de regalarse la vista, comprueben si las Meninas do Samba, al mover sus piernas, están cometiendo alguna incompatibilidad con las leyes del tiempo y espacio (yo creo que sí).

Si están cerca de Rio en fechas carnavalescas, no le teman ni a la delincuencia ni a los ‘elevados’ precios. En Brasil todo es negociable. Y merece la pena negociar para vivr el Carnaval más famoso de la Tierra.

Mis consejos:

-Lo crean o no, suele haber plazas ‘hoteleras’. Es decir, alojamiento se encuentra, lo que pasa que los de calidad suelen estar hasta el techo. Preguntando se llega a Roma, y170207_carnaval2.jpg siempre habrá quien quiera alquilarte una habitación, o que conozca a alguien que lo haga. Eso sí, sigue tu instinto y cuidado con los timos, bastante abundantes. Yo dormí en tres lugares distintos en esa semana: en uno me timaron, en otro lo intentaron y en el tercero no. Este último es de un sueco llamado Magnus. Cachaça y lavadora gratis, ambiente positivo, y situado en Copacabana, a precio de mochilero solidario. Sólo se le puede contactar por correo-e, y reservar plaza: nonamestay’arroba‘hotmail’punto‘com.

-Rio es una ciudad peligrosa, pero no tanto como se dice: no es el Bagdad ‘liberado’. Paranoias las justas. No hacer demasiadas locuras (sé que es difícil en Carnaval), pero tampoco triplicar el presupuesto en taxis -que son especialmente ladrones, pregunten precio antes de subirse, aunque tengan taxímetro- y precauciones innecesarias, como hoteles-fortaleza y barrios-bunker. Yo me paseé con la cámara digital y caminé solo por las playas y alrededor del sambódromo de noche. No me pasó nada. ¿Tuve suerte? Bueno, cuestión de perspectiva: yo podría decir que a los que les robaron fue por ‘mala suerte’. Es como lo del vaso medio lleno o medio vacío. Siempre hay que verlo medio lleno. Excepto si es de caipirinha, entonces que sea medio vacío… ¡qué rica!

-Si no quieren soportar las colas desproporcionadas para hacerse con las entradas para el Sambódromo, para eso Dios creó la reventa (aunque en el Vaticano no estén de acuerdo con esta perspectiva teológica de mi autoría). Si van de madrugada, obtendrán los mejores precios: a más tarde, entradas más baratas. Como buenos revendedores, y cuanta mayor cara de gringo tenga el turista, el primer precio que le ofrecerán será del todo abusivo. No se ofendan y negocien. Bajar de 100 reais (reales) a 40 en treinta segundos es algo habitual.

Con espíritu aventurero y olfato negociador, usted hará del Carnaval carioca una experiencia con inequívoco acento de mercado tangerino: buena, bonita y barata.

San Carlos de Bariloche: Un santo que no era santo y unos indígenas que no se llamaban así

Cuando bajaba del Monte Tronador, cercano a San Carlos de Bariloche, conocí a un guardaparques muy simpático (en la foto, junto a la Isla Corazón, en el Parque Nacional Nahuel Huapi) que me estuvo contando un montón de curiosidades sobre los alrededores. De todas las muchas y buenas cosas que me contó, una me llamó mucho la atención. Me recordó al juego del teléfono, aquel en el que la gente se va pasando un mensaje de oreja en oreja y al final se comprueba cuál era el mensaje original y cuál el final, y lo poco que suelen tener en común.

Lo que me contó Carlos, que así se llamaba el guardaparques (aunque hace poco me comentó por correo-e que ya no trabaja allí), versaba sobre el origen del nombre 160207_vuriloche.jpgSan Carlos de Bariloche, una de las ciudades con mayor atractivo turístico de la Argentina, sin duda su principal atracción invernal. Rodeada de lagos, montañas y bosques, en una naturaleza que recuerda a Alemania, es una de las visitas obligadas de quien pisa el país austral.

Pero ya habrá ocasión en estas páginas de hablar en detalle de este lugar, ahora centrémonos en la historia del nombre. Resulta que entre los primeros pobladores europeos destacaba un inmigrante llamado Carlos Wiederhold, que era dueño de unos importantes almacenes, a finales del siglo XIX (la ciudad fue inaugurada pocos años después, en 1902). La importancia de esos almacenes en el nacimiento de la población fue vital. Por otro lado, los mapuches llamaban a los indígenas del lugar vuriloches, es decir “gente del otro lado de la montaña”. El nombre actual de este centro turístico derivó de una confusión doble: en una carta enviada a Don Carlos Wiederhold, alguien confundió el respetuoso “don” por el canónico “san”. Otro despistado copió mal el nombre indígena, que en un abrir y cerrar de ojos pasó de vuriloche -palabra con significado concreto y atado a la historia del lugar- a bariloche, que no era más que una deformación del anterior.

¿El resultado? Que el nombre de este hermosísimo lugar se debe a un santo que no era santo, y a unos indios que no se llamaban así.

Buenos Aires… ¿Pasarás sin ver a Gardel actuando en la Calle Corrientes…?

Texto: Marco Cela.

Estamos a 34º 36′ de latitud sur y 58º 26′ de longitud oeste…

Los que pasamos por Buenos Aires y tenemos más de 40 años, sabemos que ser lo máximo en algo es: ser Gardel. Eso: lo máximo, lo que no se puede encontrar en otro lado, lo indiscutible es, en suma, Gardel.

Nadie canta como Gardel, nadie tiene su pinta, nadie sonríe mejor –ni siquiera Perón- nadie canta mejor, incluso hoy Gardel -que murió hace la tira de años- al proyectarse alguna de sus películas o escucharse alguna de sus grabaciones, provoca –hoy- el comentario dogmatizado: “cada día canta mejor”. Gardel:

Es lo máximo.

Por eso, cumpliendo nuestro sagrado deber de trotamundos, no podemos dejar de avisarles que, en Buenos Aires, no dejen de ver a Gardel, no pueden perdérselo pibes… tendrán cosa buena para contar a los nietos: “¡Lo vimos…! Vimos actuar –en la Calle Corrientes- a Roberto Carnaghi, el Gardel de la escena argentina hoy, sin dudarlo”.140207_bsascarnaghi.jpg

Carnaghi acaba de estrenar (el 25 de enero del 2007) “La Jaula de las locas” (La Cage Aux Folles) recreando a Albin –Za zá- ya mítico personaje de esta comedia convertida en clásico universal.

Carnaghi viene de recibir el ACE de oro 2006, máximo galardón del espectáculo -el Oscar Argentino- por su interpretación en “La irresistible ascensión de Arturo Ui” de Bertolt Brecht, y por la misma época encarnó a un escalofriante personaje de la represión argentina en uno de los programas mas vistos en televisión el pasado año y ahora, comienza el 2007 con “Za zá”.

Carnaghi, hoy por hoy, es el Gardel de la escena argentina.

Además podrán comprobar en directo los efectos de uno de los fenómenos mas discutidos en este momento en occidente: los inmigrantes. Verán cómo máxima figura de la escena argentina a un hijo de italianos. Excelente inversión para Argentina que los dejó bajar de los barcos.

Y para guinda: actúa en un teatro de la mítica Calle Corrientes, el Metropolitan 1, por si tienen dudas de estar en el centro de Buenos Aires y el obelisco no les basta, avisamos que pueden llegar al teatro en veintisiete –27- líneas diferentes de colectivos (un híbrido de camión y bus urbano, para todos los que gustan de las emociones fuertes) y tres líneas de metro (subte). En pleno corazón argentino.

Y… ya que están en la Calle Corrientes, por qué no cenar, después de la función en “Lalo de Buenos Aires” (c/Montevideo 357) y pedir, por ejemplo: entraña sobre cama de puerros, un corte de carne vacuna que difícilmente sepan que comen en Europa, en hamburguesas o todo lo que se elabora con carne picada, pero ahí, en Buenos Aires tienen la posibilidad de probar el diafragma vacuno (o entraña) en su mejor presentación, y ya que estamos, pedir una ensalada de radicheta con ajo y de primero: chinchulines, pero eso sí, pídanlos bien hechos, crocantes… (¿y qué tal un panqueque de manzana de postre?)

Y… a cinco minutos encontrán la Librería Hernández (c/Corrientes 1436), y en ella a libreros como los de antes, “libreros que son voraces lectores” –según se autodefinen- sabiendo qué es lo que hay y lo que tú quieres… y si ellos no lo tienen te indican dónde conseguirlo… una gozada (incluso por los precios) para aquellos que encontramos placer comprando libros. (Buenos Aires tiene un circuito de librerías atendidas por libreros de raza).

Y disfrutar un café en La Paz (Corrientes y Montevideo) punto de reunión de los que fueron llamados “psico-bolches”. Este café lamentablemente ha sido “modelnizado” –quéjense con firmeza al mozo (camarero) de mayor edad por esa “modelnización”- por esa forma de matar la memoria, y quizá –tocado en su orgullo- les cuente sobre sus clientes históricos.

Y repasando “La Jaula de Las Locas”, no dejarán de sonreír, mientras ven que la noche nunca acaba sobre la Calle Corrientes, en Buenos Aires, y rematarán el café afirmando: “Qué actuación la de Carnaghi… ¡es Gardel!”. Lo máximo.

Una divertida nota sobre la prensa peruana

En ausencia de descubrimientos arqueológicos mientras paseaba por donde habían pasado los incas, tuve que conformarme con uno menos espectacular, pero deslumbrante de todos modos: la prensa peruana es la peor de todas las que conozco, y conozco muchas.

Había un par de diarios serios, pero ni los recuerdo, porque por serios eran tremendamente aburridos. La prensa, más que amarilla, es marrón. Dejando de lado periódicos partidistas (La Razón traía invariablemente una declaración del exiliado Fujimori, o de su pareja, o de su hijo, o de la madre del primo de su lavandera, no había nunca otro tema de portada que no estuviera destinado a ensalzarlo), había una prensa de sucesos y sexo, con portadas explícitas (cadáveres de accidentes de tráfico en primer plano para acompañar el desayuno), una de negocios a cuál más absurdo pero supuestamente infalibles, una de salud con curas surrealistas de todo tipo, otra de sexo, otralarazon13jo.jpg indigenista-nacionalista, etc. Todo adornado con titulares descomunales, llenos de signos de admiración, que ocupaban media portada y a los que sólo les faltaba parpadear, con fotos a todo color. En fin, tanta infracalidad me llevaba a mirar los titulares cada mañana para divertirme: y les he reservado los mejores, grabados en mi materia gris de modo indeleble.

Lo que primero me llamó la atención fue este término, revolucionario y tremendamente eficaz a mi entender: “frío”. Ejemplo: “¡¡¡Accidente!!! Tres heridos y dos fríos”. ¿Fríos? Me costó unos segundos caer, pero no digan que no es un eufemismo genial para “muertos” o “cadáveres”. En este estilo, el que se llevó la palma me costó tiempo entenderlo, pero ‘afortunadamente’ una foto lo acompañaba: “Borracho vuelca y enfría hembra”. El titular, en un periódico serio, habría dicho algo como “Conductor ebrio vuelca con su vehículo y su acompañante fallece”. Efectivamente, la foto del borracho abrazando el cuerpo sin vida de su novia aclaraba la jerga del titular. Vomitivo es poco.

Con mi hermana vimos uno genial, con titular principal y secundario. El principal: “A Sheyla la violaron de niña y ahora es prosti”. El secundario: “Ahora es bravaza en la cama y cobra billetazos”. Vamos, que el que la violó de niña poco menos que le hizo un favor. El periódico indigenista era maravilloso, lamento no haberme llevado un ejemplar: “Los bandidos corruptos y vendepatrias –alias ‘partidos políticos’- declaran que…” y “Piratear productos extranjeros es patriótico” fueron dos de sus perlas más adorables y sutiles.

El periódico para emprendedores ofrecía salidas económicas irresistibles: “Hágase rico criando caracoles” (y traficando con cocaína en sus ratos libres, debería haber añadido).

Pero el titular ganador, el que sin duda cambiará mi modo de ver la prensa escrita de ahora en adelante, el que renovó la medicina y la poesía a partes iguales, lo dispuso, en las tres líneas que adornaban el original y he querido reproducir fielmente aquí, el diario de remedios infalibles contra todo tipo de enfermedades. Lamentablemente su autor permanecerá oculto, en el anonimato que busca su timidez y modestia. Cierro esta nota sobre la prensa local con esta preciosidad, este rubí, esta Obra de Arte en mayúsculas y en verso, y los dejo antes de que la emoción me embargue y moje este teclado con mis sinceras lágrimas de gratitud y emoción:

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El mejor hostal de Sudamérica

No acostumbro a hacer la pelota de manera tan escandalosa, pero cuando puedo recomendar un lugar donde pernoctar y que considero digno de encomio (desde que me suscribí a los envíos de www.elcastellano.org, mi vocabulario ha experimentado una notable a la par que sin par mejoría) no tengo problema en contarlo. Y aunque algunos piensen que me pagan, no, no me pagan por decirlo. El hostal100207_platypusbogota.jpg Platypus, en la capital de Colombia (Bogotá) me dio tantas satisfacciones en mis tres visitas y estancias en el mismo, que me doy por pagado sobradamente. Esta entrada es mi agradecimiento por tantos recuerdos, y mi recomendación para que ustedes puedan llevarse memorias parecidas (superiores lo dudo) también.

Si uno se pone a pensar en sus virtudes, la mayoría puedes encontrarlas en otros hostales del mundo. Como en muchos alojamientos colombianos, el café es ilimitado y gratuito. Hay una zona común con juegos de mesa -particularmente me fajé con el ajedrez- y durante un tiempo había una guitarra española, hasta que algún tarado se sentó encima. Ignoro si la han repuesto. Hay habitaciones privadas y compartidas. La recepción cuenta con unos puestos de Internet y Skype, en los que tú mismo anotas cuánto tiempo has consumido y/o dónde has llamado, y te lo cobran cuando te marchas. Situado en el barrio de La Candelaria, en pleno centro bogotano, estás a unas pocas calles de la Plaza Bolívar, y del famoso Museo del Oro. Muy cerca también se encuentra una parada del Transmilenio, moderno sistema de transporte que es -con razón- uno de los orgullos de la capital. Como decía, este tipo de servicios son relativamente comunes en muchos hostales. ¿Entonces, dónde está la magia del Platypus? Como todo lo que es verdaderamente mágico: no se sabe.

Es prácticamente imposible encontrar plaza sin reservar. ¡Llamen siempre antes, o envíen un correo-e! Yo para esas cosas siempre tengo suerte y había lugar, pero es muy común ver a mochileros llegar ilusionados e irse con cara de circunstancia cuando les informan que está lleno. El lugar es tan popular que es muy normal que los bogotanos lo visiten para conocer gente de todo el mundo, practicar inglés y hacer amig@s exótic@s. El dueño, Germán, es una fuente de información sobre Colombia prácticamente inagotable. Particularmente es un libro abierto en lo que a seguridad se refiere, un tema por el que los visitantes suelen llegar muy interesados y preocupados. Además, el simpático anfitrión tiene la sana costumbre de, cada equis tiempo, anunciar lo que llama beer time, la hora de la cerveza. Uno está tranquilamente leyendo o jugando ajedrez en el área común, y de repente llegará Germán anunciando que es esa bendita hora, y rechazar la cerveza con la que te invita es casi una grosería. Fuera del beer time hay una nevera disponible llena de birras, que puedes servirte a todas horas, anotando en tu lista, a pagar al abandonar el hostal.

Un libro de visitas disponible en el área común es también gran fuente de información. Allí otros visitantes dejan sus experiencias y consejos sobre Colombia y Bogotá. Gracias a ese libro y a mi valentía (o inconsciencia) innata, es que operé mi miopía en la capital colombiana, hace más de un año. ¡Bonito, y barato! Además, frente al hostal, también cuentas con unos pequeños apartamentos en alquiler, a precios muy razonables, que forman parte de Platypus también.

Hablar de Bogotá, una ciudad maravillosa, es hablar de volver a Bogotá (yo volví dos veces… y no dudo que alguna vez volveré una tercera) y volver a Bogotá es mucho más placentero si es al Platypus.

www.platypusbogota.com Ya ladraré a los muchachos del hostal para exigirles una explicación de por qué su web no está en castellano, sólo en inglés. ¡Algo ‘malo’ tenía que tener este hostal increíble! Para ponerte en contacto con ellos, reservar o comprobar que esta recomendación no está financiada y es exclusivamente porque a mí me da la gana, hazlo de las siguientes maneras:

Por correo-e: platypushotel‘arroba’yahoo‘punto’com

Por teléfono: (57-1) 341.3104 (57 es Colombia, 1 es Bogotá; por si llamas fuera de Colombia o fuera de Bogotá, respectivamente).

En persona: Calle 16 No. 2-43, (Bogotá, Colombia). Transmilenio: estación Las Aguas, Zona J.