Leyendas turísticas las hay de todos los gustos y colores. Desde recomendaciones de beber sólo refrescos enlatados, y nada de comida fría ni callejera, ni mucho menos fría y callejera a la vez, pasando por misteriosas lagunas asesinas (porque una vez se ahogó un borracho y otra un tipo que no sabía nadar) hasta líneas de buses en las que secuestran a los pasajeros todas las noches. Pero de entre todas las leyendas turísticas habidas y por haber, mi favorita es la siguiente: el Carnaval en Río de Janeiro es demasiado caro. Les contaré mi experiencia de hace ahora exactamente dos años…
Siempre tuve una cierta aversión al Carnaval carioca: me parecía que era el Circo de la famosa expresión «Pan y Circo», pero que en este caso el Circo era tan Circo que no necesitaba ni Pan. Esto es: un país pobre y lleno de problemas por solucionar, pero que como tiene Carnaval una vez al año, se concentra en él para olvidar todo. Vamos, que por qué preocuparse del hambre y las favelas teniendo el Carnaval y siendo pentacampeones mundiales de fútbol. Total, que no iba muy predispuesto. ¡Pero la gente se equivoca mucho, y yo también! Aunque el análisis anterior lo sigo manteniendo, cuando uno se encuentra de frente con una escuela de samba en pleno carnaval en Río, no puede dejar de admitir que se halla ante uno de los eventos más espectaculares diseñados por el hombre.
Antes de ir al Sambódromo como Dios manda, es decir entrando al mismo (es un recinto semicerrado), tuve la oportunidad de conocer un desfile desde el comienzo, antes de que entren en el pasadizo en busca del éxito y el reconocimiento. Pude ver los ensayos, los nervios, la repetición de las coreografías, la grúa que sube a las reinas a lo alto de las carrozas como si fueran una vulgar tonelada de ladrillos¦ muchos de los entresijos del momento inmediatamente anterior al estreno. Y no puede dejar de conmover la
El Carnaval en Río tiene fama de caro, y todo el mundo tiene la idea de que entrar al Sambódromo es cosa de millonarios. Si les digo los precios de taquilla no me van a creer; yo tampoco lo creí cuando unos vendedores de artesanías dijeron lo que habían pagado. El presupuesto millonario para entrar al Sambódromo, justo frente al jurado, en el segundo día más importante del Carnaval asciende ¡cuatro dólares! Y si uno no pudo comprar en taquilla y tiene que ir a la reventa, le saldrá ¡quince dólares! El espectáculo humano más grande que puede verse en el mundo, por lo que cuesta ir una vez y media al cine.
Eso sí: el espectáculo del Sambódromo es espectáculo por dos horas: después es tortura. Dura como doce horas y cada Escuela de Samba tarda entre una y una hora y media en completar el recorrido, y en todo ese tiempo entonan ¡una única canción! Como lo leen, una canción cuya estructura en total no llega ni a palos a los cinco minutos es repetida durante más de sesenta. Es lógico que uno se la pase tarareando la semana siguiente. Y las carrozas, vestuario y decoración que durante la primera hora te hacen lanzar todo tipo de exclamaciones de asombro y admiración acaban pareciéndote más de lo mismo cuando llevas dos horas al pie del cañón. Sin olvidar, claro está, a las reinas que bailan samba como posesas. De ésas uno no se cansa. Era fascinante ver su movimiento de piernas, rápido y frenético, imposible de imitar y casi de concebir. Yo llevaría a una de esas chicas a la Facultad de Física para que los estudiantes, además de regalarse la vista, comprueben si las Meninas do Samba, al mover sus piernas, están cometiendo alguna incompatibilidad con las leyes del tiempo y espacio (yo creo que sí).
Si están cerca de Río en fechas carnavalescas, no le teman ni a la delincuencia ni a los ‘elevados’ precios. En Brasil todo es negociable. Y merece la pena negociar para vivir el Carnaval más famoso de la Tierra.
Mis consejos:
-Lo crean o no, suele haber plazas ‘hoteleras’. Es decir, alojamiento se encuentra, lo que pasa que los de calidad suelen estar hasta el techo. Preguntando se llega a Roma, y
-Rio es una ciudad peligrosa, pero no tanto como se dice: no es el Bagdad ‘liberado’. Paranoias las justas. No hacer demasiadas locuras (sé que es difícil en Carnaval), pero tampoco triplicar el presupuesto en taxis -que son especialmente ladrones, pregunten precio antes de subirse, aunque tengan taxímetro- y precauciones innecesarias, como hoteles-fortaleza y barrios-bunker. Yo me paseé con la cámara digital y caminé solo por las playas y alrededor del sambódromo de noche. No me pasó nada. ¿Tuve suerte? Bueno, cuestión de perspectiva: yo podría decir que a los que les robaron fue por ‘mala suerte’. Es como lo del vaso medio lleno o medio vacío. Siempre hay que verlo medio lleno. Excepto si es de caipirinha, entonces que sea medio vacío… ¡qué rica!
-Si no quieren soportar las colas desproporcionadas para hacerse con las entradas para el Sambódromo, para eso Dios creó la reventa (aunque en el Vaticano no estén de acuerdo con esta perspectiva teológica de mi autoría). Si van de madrugada, obtendrán los mejores precios: a más tarde, entradas más baratas. Como buenos revendedores, y cuanta mayor cara de gringo tenga el turista, el primer precio que le ofrecerán será del todo abusivo. No se ofendan y negocien. Bajar de 100 reais (reales) a 40 en treinta segundos es algo habitual.
Con espíritu aventurero y olfato negociador, usted hará del Carnaval carioca una experiencia con inequívoco acento de mercado tangerino: buena, bonita y barata.