Guía del trotamundos

En busca del canto Khoomii. El redescubrimiento de la música de Mongolia.

Texto y fotos: Nilo Martí­n.

Quizás la culpa la tuvo Radio 3, ¿quizás Ramón Trecet? Por uno u otro motivo descubrí­ la música Khoomii («garganta que canta»). Este es un canto especial de laringe en el cual los tonos altos son modulados mientras que al mismo tiempo cantan las melodí­as con tonos bajos. Confieso que esta definición la encontré directamente en San Google pues yo no sabrí­a muy bien cómo haberlo definido. En particular conocí­ un grupo llamado Egschiglen (no, no he apoyado el codo en el teclado por error) y mira por dónde me entró curiosidad por el paí­s de donde procedí­an, Mongolia.

Ya adelanto que aunque en cada uno de los documentales de Lonely Planet o BBC sobre Mongolia se muestre este tipo de cantantes, allí­ es harto complicado escucharlo o comprar un disco. Es como si al visitar España esperaras que en los bares la música fuera Zarzuela.

En el verano del 2006 aterrizamos en Ulaanbaatar, sí­, la capital de Mongolia. El año 2006 era de celebraciones por los 800 años del Imperio Mongol, o algo así­ creí­ entender. Y como en toda conmemoración habí­a conciertos. El gran concierto de ese dí­a era… no, no era Egschiglen… era Scorpions. Sí­, nosotros estábamos igual de sorprendidos. Bueno, pensándolo bien nunca habí­amos estado en un concierto de Scorpions, ¿por qué no ahora, aprovechando nuestras vacaciones?

Pero no pensábamos parar mucho tiempo en la capital de Mongolia. Una de los atractivos de este paí­s es compartir momentos con la población nómada repartida por todo el paí­s. Rápido alquiler de furgonetas, que estaban predestinadas a averiarse en un par de dí­as, y tras recorrer cuarenta kilómetros asfaltados hacia el norte ya estábamos en medio de la estepa. Kilómetros y kilómetros de montes verdes, largas horas sin ver apenas a gente, y cielos sin fin.

De vez en cuando hací­amos paradas para comer ricos alimentos. Ricos en… cordero. Todo por allí­ huele a cordero. Para aquellos que les guste el cordero es un paraí­so.

Por muchas ciudades y mercados que recorrimos, por muchas radios que sonaron cerca nuestro no escuchamos nada del canto que buscábamos. Incluso una noche a las cuatro de la mañana, mientras dormí­a, fui despertado por el Du… du hast… du hast mich… de Rammstein. Nada de canto Khoomii.

Pero el viaje guardaba una gran sorpresa. Durante una excursión de dos dí­as a caballo en la que nos acompañaban tres guí­as de la zona, en medio de la noche, tras cenar, uno de los guí­as comenzó a cantar y sí­, por fin, era Khoomii. Todos en silencio, el sonido del fuego de fondo y una canción de la música que me habí­a arrastrado hasta allí­. Valió la pena.