Antes de entrar a Colombia desde Ecuador, mi buen amigo Yuval me había comentado «y en la frontera no dejes de visitar el cementerio de Tulcán», situado en la provincia de Carchi. Yo me pregunté para mis adentros que a qué tanto interés en un cementerio, pero callé mi curiosidad y decidí seguir la regla de «si alguien de cuyos gustos me fío me recomienda un lugar, voy y punto. Sin rechistar». De modo que antes de cruzar la frontera me acerqué al cementerio, sin saber qué me encontraría allí. ¿Lápidas escritas en quichua? ¿Nichos ordenados alfabéticamente? ¿Adornos florales de estilo hawaiano? Lo cierto es que fui con la cámara y sin saber qué esperarme.
Lo que me encontré me dejó boquiabierto: esculturas modeladas sobre «pino ciprés» representando tortugas, pájaros, deidades precolombianas y egipcias, elementos indescriptibles, y todos ellos exquisitamente podados y cuidados. El cementerio es toda una atracción turística y yo no era el único cargado con mi cámara que se lanzó a tomar fotos cual gallina sin cabeza, ante lo extremadamente curioso y bello del lugar. La diferencia es que yo no me subía a las lápidas para encontrar la mejor toma (escrupuloso que es uno).
A quienes estén cruzando la frontera colomboecuatoriana -dichosos aquellos días en que eran una única nación- ya sea de
Tulcán dispone de alojamientos, restaurantes y la misma consideración con los muertos que con los vivos, de modo que si pasan por esta frontera, no se pierdan esta morbosa pero inolvidable visita.