Guía del trotamundos

En busca de las doscientas momias (I)

Siempre que hablo de Perú, digo que su riqueza arqueológica es tan incomparable, que uno da una patada a una piedra y debajo salen unas ruinas. No unas ruinas cualquiera: unas ruinas que, en cualquier paí­s del mundo serí­an la principal atracción de la nación. En Perú, debido a la grandeza desproporcionada de Machu Picchu, es como que los demás yacimientos arqueológicos quedan algo ensombrecidos ante el icono peruano por excelencia, y muchos de ellos pasan desapercibidos. En 1996, en las cercaní­as de Leymebamba (norte del Perú), en un paraje denominado «Laguna de los Cóndores» se hizo un hallazgo arqueológico sorprendente, del modo en el que se hacen los mejores hallazgos arqueológicos: de pura chiripa. Un derrumbe natural en la vegetación de las escarpadas paredes que rodean la laguna dejó al descubierto una relativamente pequeña construcción, que vieron los campesinos que viví­an en la orilla opuesta.

Se organizó una expedición hasta ese lugar (toda una aventura, abriendo un camino improvisado a machetazos, en medio de una vegetación espesa, colgando de laderas que, en tramos, son prácticamente acantilados) y al llegar al lugar, se llevaron las manos a la cabeza: hallaron una tumba de la cultura Chachapoyas, con más de doscientas momias en su interior y a sus alrededores. Como siempre en estos casos, los primeros en hacer destrozos en el lugar fueron los huaqueros, ladrones de tumbas y sitios arqueológicos en una especie de quechuañol local (Wak’a en lengua quechua significa ‘cosa sagrada’, de ahí­ el nombre). Afortunadamente los habitantes del lugar se dieron rápidamente cuenta que la mayor riqueza residí­a no en vender los objetos preciosos que pudieran tener las momias, si no en protegerlas y cuidarlas para atraer el turismo a esa inhóspita y olvidada zona. Por eso tomaron dos determinaciones fundamentales: una, detener saqueos o huaqueos; dos, impedir que las momias fueran llevadas a Lima, donde se encuentra el Museo Arqueológico más importante de Perú (y por tanto probablemente de Sudamérica). De ese modo, se aseguran que los interesados en el tema acudan al lugar y los habitantes de la zona tengan algún beneficio del descubrimiento (a eso se le llama descentralizar, algo muy necesario en casi todos los paí­ses del cono sur).

Los lugareños construyeron un museo en Leymebamba, donde guardaron a sus antepasados en una cámara acondicionada climáticamente para asegurar su conservación. Además, organizan excursiones increí­bles desde Leymebamba hasta el sitio original, a pie o a caballo. No voy a mentir: las maneras de llegar a Leymebamba no son fáciles ni rápidas (basta ver la foto para que no te quede ni sombra de duda del tipo de transporte), y la excursión al sitio arqueológico necesita tres dí­as, y quizá uno o dos más para organizarla. En total, una visita a la Laguna de los Cóndores puede consumir desde cinco dí­as hasta una semana, entre que consigues llegar a Leymebamba, contratas a los guí­as, haces la excursión y sales del lugar.

La pregunta entonces es: ¿merece la pena? Y la respuesta es: sin duda, sin duda, sin duda, sin duda. En mi polí­tica de escribir entradas no demasiado extensas, y como decí­a el tí­tulo de una pelí­cula peruana de gran éxito en el paí­s, «Mañana te cuento».

Continua aquí: En busca de las doscientas momias (y II)