Regateo activo y pasivo

¿Qué sería del mochilero si no existiera el regateo? Son dos conceptos casi inseparables cuando uno recorre el mundo. Según la Real academia Española (de la Lengua), rae para los amigos, regateo es:

1. m. Discusión del comprador y del vendedor sobre el precio de algo.

Si nos centramos en esta primera acepción, podemos concluir que estamos ante dos clases de regateo: el activo (cuando lo inicia el comprador) y el pasivo (cuando loRegateo activo y pasivo - 180107_regateo inicia el vendedor). Comencemos con el pasivo:

Al regateo pasivo lo llamo así­ porque no lo inicia el mochilero, si no el vendedor. Es algo muy curioso desde el punto de vista sociológico y cultural. En España, y en casi toda Europa, las cosas tienen precio. Uno va a una tienda, lo que llama nuestra atención tiene un cartelito, uno lo lee y, de estar interesado en el producto lo adquiere, o se aleja blasfemando, dependiendo de la cantidad y entidad de los números del cartelito. Sencillo, pero aburrido. Es a lo que nos han acostumbrado desde niños: las cosas tienen precio, y el precio es el que es.

Es por esta costumbre que muchas veces el mochilero se indigna cuando va a algunos paí­ses y entiende que le quieren cobrar “de más”. Nos indignamos si en un mercado callejero andino -por poner un ejemplo- intentan vendernos por dos pesitos lo que hace un minuto vimos que entregaban a un local por uno. ¿Tenemos motivos para indignarnos? Desde nuestro punto de vista, sí­. En España estarí­a mal considerado que a un extranjero se le intente cobrar de más -aunque se hace- simplemente por ser extranjero: porque en España las cosas tienen precio. Dejando de lado consideraciones económicas profundas (como que creer que no hay regateo en las complejas transformaciones monetarias que van desde la materia prima hasta el cartelito en el estante de la tienda es ser muy ingenuo) uno tiene que aprender que cuando se viaja a otro lugar, tenemos que hacer un esfuerzo por darnos cuenta de que allí­, nuestro punto de vista no es el que cuenta.

En infinidad de paí­ses, el precio de algo es un acuerdo entre lo que el comprador está dispuesto a pagar, y lo que el vendedor estima justo por entregarlo a cambio. Si lo piensan, es más lógico y equitativo. De hecho, el regateo no se hace sólo con los guiris: lo hacen entre ellos, continuamente. Ellos ven al cliente potencial, lo analizan y por su aspecto, calculan cuanto es lo que estará dispuesto a pagar.

No piensen que me refiero exclusivamente a mercados callejeros: en muchos paí­ses todo tiene un precio regateable: transporte, alojamiento, restaurantes… El regateo es algo inherentemente cultural a muchos paí­ses, en casi toda Latinoamérica, Asia, África… se regatea. Si lo pensamos detenidamente, los “raros” somos los europeos. ¡En el resto del mundo -con excepción de paí­ses equiparables cultural y económicamente a Europa – se regatea! Así­ que, en lugar de ofendernos o sentirnos timados cuando vemos que nos intentan cobrar más de lo que consideramos es justo (sobre todo porque suele darse en paí­ses más pobres y ponerse de mal humor por diez céntimos de euro, pues hay que tener valor), aceptémosolo como las leyes de comercio locales, y donde fueres, haz lo que vieres. Porque si uno no acepta el regateo pasivo, no tiene derecho al regateo activo. El regateo activo es aquel en el que nosotros tomamos la iniciativa. Y el regateo activo, bien ejecutado, puede alargar nuestro dinero -y el dinero es tiempo- de manera asombrosa.

Cuando uno se deja llevar por el regateo de modo natural, si aceptamos eso como lo que es (una cultura distinta, pero igual de respetable, y a la que nos tenemos que adaptar cuando estamos lejos de casa) el regateo puede ser un mundo de ventajas. ¡El regateo activo es casi un deporte! Puede ser una reacción elegante cuando alguien te quiera cobrar “de más”. En lugar de comportarte como una damisela victoriana y dar la espalda y marcharte ofendido, respondes de la misma manera: regateando. “¿Cómo que tres? Pero si eso cuesta dos”. Probablemente acabes pagando dos y medio. Cuando todo es negociable, y sabemos negociar, nuestra experiencia mochilera se puede nutrir de rebajas insospechadas. “Háganos descuento que somos varios”, “Hágame descuento que somos dos”, “Hágame descuento que estoy solo”, etc. Te sorprender¡ que casi todos los precios pueden negociarse a la baja. Simplemente, cuando llegues a un nuevo país, observa a tu alrdededor y, si el regateo es aceptable, úsalo. ¡No te cortes! Eso sí, siempre con un lí­mite, porque pasarse de miserable puede resultar ofensivo. ¿Qué pensarí­as tú si Bill Gates visitara tu paí­s y pidiera descuento para todo? Ten en cuenta que para muchos paí­ses, un mochilero es comparativamente un millonario. Aunque tú te sientas como pobre trotamundos, puede resultar algo ofensivo que pidas descuentos inverosí­miles para productos o actividades ya suficientemente baratos. En el equilibrio está la virtud.

Si sabes soportar y utilizar bien el regateo, no dudes que sacarás mucho provecho del mismo. Por activa y por pasiva.

Por último, y tras estos consejos de “todo a cien”, los dejo con 24 segundos que definen el regateo de manera edificante:

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