Cuando te encuentras con el Mundo Perdido (I)

Se cuenta que el famoso escritor escocés Sin Arthur Conan Doyle, que con su personaje Sherlock Holmes popularizó el género policí­aco -creado por Edgar Allan Poe, que hoy cumple años por cierto- supo de este maravilloso lugar llamado Roraima por los reportes que llegaban al otro lado del charco, y en ellos hallóCuando te encuentras con el Mundo Perdido (I) - 190107_roraima inspiración para su conocida novela El Mundo Perdido. Dicha novela es una especie de antecesor -hablar de plagio sin pruebas es algo feo- del superventas moderno Parque Jurásico. La historia de Conan Doyle narra el descubrimiento de un lugar en la tierra olvidado y oculto (un mundo perdido con todas las letras), donde habitan dinosaurios y otras criaturas que se creí­an extinguidas, dentro de un paisaje también supuestamente extinto. Bueno, pues Roraima es así­. Exactamente igual. Excepto por los dinosaurios.

Situado en la triple frontera entre Venezuela, Brasil y Guyana (¿qué tendrán las triples fronteras que esconden rincones tan bellos como las cataratas de Iguazú y Roraima?) una visita al lugar basta para darse cuenta que Conan Doyle no necesitaba mucha imaginación, visitando un lugar así­. Toda el área, abarcando amplias zonas de los tres paí­ses, están salpicadas de unas formaciones geológicas llamadas tepui (tepuy según nuestro querido diccionario). Como rememoran algunas leyendas indí­genas, antiguamente los tepuis eran árboles gigantes, que los dioses, enojados, como siempre con un hombre -que como siempre habí­a cometido alguna locura por alguna mujer- decidieron cortar. El aspecto del tepui es ése: el de un tronco cortado, cuyas raí­ces todaví­a se aferran a la tierra. Pero el paralelismo con el árbol talado es meramente en cuanto a la forma: en tamaño no hay comparación posible; hablamos de una monstruosa elevación de varios centenares de metros, con paredes casi perfectas, que a veces alcanzan el kilómetro de altura sobre su base (no sobre el nivel del mar). Ejemplo claro y llamativo es el del salto de agua más grande del mundo: el Salto íngel, de casi 1.000 metros, cae desde lo alto de un tepui (Auyantepui) situado en otra zona no demasiado alejada -unos cientos de kilómetros- también en Venezuela. Pero me permito apuntarles que, aunque menos popular y conocido internacionalmente, el Roraimatepui le da sopas con honda al Auyantepui.

Las cimas de estas extraordinarias formaciones geológicas, son igual de espectaculares. Las formaciones rocosas, caprichosas, mágicas, las cuevas, las concentraciones de agua, la flora -absolutamente endémica en muchos casos- la escasa pero casi mitológica fauna (fundamentalmente aves, como los guácharos), las vistas y las caí­das de vértigo cuando uno se asoma a las paredes que forman la frontera exterior de esos gigantes antediluvianos y majestuosos, son simplemente una pizca de por qué considero éste mi lugar favorito de toda Venezuela, paí­s que destaca por su exuberante belleza natural.

La manera de llegar a este planeta dentro de otro planeta no es fácil ni rápida. Pero alguien dijo alguna vez -y si no lo dijo nadie, lo digo yo- que la belleza fácil pierde el encanto de la conquista. Mañana les cuento cómo se hace (con Roraima; para otras bellezas el precio es distinto).

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