Un diamante se esconde en Brasil (I)

Mi destino favorito en Brasil no fue un destino de playa. Lo que dice mucho sobre mí­, o sobre Brasil, según quiera verse.

A una noche de distancia de Salvador de Bahí­a, uno de los centros turí­sticos más importantes del paí­s, se encuentra el Parque Nacional de la Chapada Diamantina. Es un destino favorito de aquellos que visitan la nación carioca por un espacio de tiempo prolongado: por lo menos un par de meses. Los que van a hacer una visita rápida -téngase en cuenta que Brasil es diecisiete (17) veces más grande que España- de menos de un mes, suelen pasar de largo, centrándose en Rí­o, Salvador, Natal, Manaus, etc. Quienes lo ignoran lo hacen fundamentalmente por -valga la redundancia- ignorancia, aunque mi teorí­a personal es otra: la gente que no dispone de mucho tiempoUn diamante se esconde en Brasil (I) - 300107_chapada no visita porque alguien les ha contado la fama que tiene, y les da miedo que los atrape y después no sepan cómo salir de allí­, algo muy común por cierto. Es lo que me ocurrió a mí­, y no soy un caso excepcional.

La chapada diamantina debe su nombre a un pasado y mayormente extinto esplendor minero. La zona fue explotada por franceses (lo que hace que su ‘capital’ turí­stica tenga nombre francés, Lení§ois, aunque nadie lo pronuncia como se debiera –lensuá– sino como se lee en portugués: lensóis) con más o menos éxito. El terreno, al contrario que la Guyana Francesa, no cayó en manos transpirenaicas y fue declarado Parque Nacional por las autoridades brasileras en 1985.

El área está salpicada de montañas (im)perfectas que asemejan los tepuyes venezolanos: elevaciones de paredes casi inabordables y cimas planas. Casi como si el creador del universo hubiera dejado caer por error unos cuantos cubos de Rubik por aquí­. En la chapada este tipo de formación -similar, pero de distinto origen geológico- se conoce como morro (el de la derecha es el Morrí£o). Siendo su caracterí­stica visual más clara y nítida, no es la única. Rí­os, cuevas, lagunas de aguas transparentes, cascadas (la más alta de casi 400 metros), caminos entre la zona semiselvática (llamada Mata Atlántica por los locales) hacen de este Parque Nacional una belleza natural incomparable, junto con Torres del Paine en Chile, mi favorito en toda Sudamérica.

El centro que visitan la mayorí­a de personas es Lení§ois, donde hay bancos, alojamientos de toda clase, bancos, restaurantes e infinidad de agencias que organizan excursiones por buena parte de las más de 150.000 hectáreas del terreno del Parque Nacional. Los clásicos incluyen visitas a las infinitas cascadas de gran altura y mayor hermosura, entrada a cuevas con formaciones de piedra imposibles, lagunas de transparencia semejante a la del aire, etc. Además el lugar cuenta con una animada vida nocturna, si tenemos en cuenta lo apartado del lugar.

Más apartado, y mucho mejor a mi entender, se encuentra el minúsculo pueblito de Capí£o (que no significa lo que uno pudiera pensar de primeras, sino un tipo de mata, mucho más tranquilizador que el significado que uno le otorga instintivamente). Aquí­ es donde se esconde la verdadera magia de la Chapada Diamantina, donde el tiempo transcurre de modo diferente, o apenas transcurre si así­ lo prefieren, donde uno llega esperando quedarse dos dí­as, y cuando ya han pasado diez, no encuentra una razón de peso para seguir viaje). Capí£o es el lugar ideal del que explorar este diamante escondido que tiene Brasil. Los detalles se los contaré más adelante.

Sabí­a que si escribí­a sobre la Chapada me iba a poner mohí­no y nostálgico. ¡Yo quiero volveeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeer!

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